Cuando leemos algunos nombres como Abraham, David, Salomón, etc... Podemos caer en pensar que ese linaje era elegido por Dios y era algo fuera de lo normal. No estamos tan errados si consideramos que de allí proviene Jesús, sin embargo, si ampliamos la mirada, vemos que en tal familia también había grandes pecados y que sus miembros tuvieron diferentes condiciones socio económicas, sabiduría y ocupaciones. Supieron estar cerca y lejos de Dios.

Muchas veces miramos nuestra familia con desdén y utilizamos sus fallas para justificarnos o muchas veces para justificar o acusar a los demás. Al igual que con las personas individuales, el linaje que conduce a Jesús también tenía todo tipo de elemento. Podríamos juzgar a Jesús por tener en su linaje una prostituta, un adúltero, o un asesino? Podemos por tanto justificarnos nosotros diciendo, "¿Qué puedo hacer yo con esta familia que tengo?", "Si yo hubiera nacido en otro hogar, con otras condiciones...." "Qué desgracia la familia que me tocó, ¿por qué Dios me hará cargar con ésto?" Esas justificaciones nos llevan a una vida de derrota, al final de cuentas, no hicimos nada de lo que soñamos hacer, nos autolimitamos porque con la familia que tuvimos, no teníamos chances, y experimentamos una cierta falsa paz como bálsamo a nuestro fracaso.

A veces pensamos, "¿Qué se puede esperar de este, con esa familia que tiene?" Así subestimamos con gran certeza a una persona que puede en alguna oportunidad hacernos sentir humillados. Dios ya demostró que él no mira nuestro pasado, ni nuestro origen, le interesa nuestra fe en él, cuando robusta es, cuanto podemos hacer de su voluntad sin quebrarnos. Porque él nos hizo y no le servimos de nada que nos consideramos inútiles por nuestro pasado. ¿De qué le servimos a Dios si él no nos puede hacer cambiar?

Desde luego, si nuestra fe está en nosotros y en nuestras circunstancias y capacidades, podemos dar algunos pasos, pero tarde o temprano caeremos, porque no somos los dueños de la verdad y nuestras fuerzas contra el mundo son limitadas. Sin embargo, si ponemos nuestra fe en Dios, nada es imposible, aunque no quiere decir que logremos todo lo que nosotros nos propongamos por propia voluntad.

Matthew 1:1-17